SC 3 (I): Praia de Faro - Quarteira
TRAVESÍA SUPERCONJUNTADA DEL ALGARVE, TERCERA PARTE (I).
Playa de Faro (Praia de Faro). Llego para pasar la noche y salir la mañana siguiente camino a Quarteira. Todo por la playa, ya que no hay otro camino, no hay alternativa, no hay Plan B. ¡Qué emoción! Espero que me guste caminar por la playa, porque tengo que cubrir 11 kilómetros así…
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Jajajajaa, aquí, llena de energía, antes de salir, oh, qué duro, todo por la playa… no vaya a estropear mi nuevo bañador ni dejar sin cerveza a todos los chiringuitos en el camino….
Praia de Faro me encanta, es una larguísima franja de arena con el mar por un lado y la ría por el otro, y lo único fino es la arena, lo demás es tipo chabolas y mosquitos, como gama baja, muy simpático todo, como si mezclaras Lido di Jesolo con Albania, yo sé qué me digo…
Por la mañana antes de desayunar doy unos pasos por la arena para ver qué tal se anda. Y es taco difícil. Los pies se te hunden a cada paso. Recuerdo las quejas por el mismo motivo de mi hermano de cuando cruzó el desierto de África. Y bueno, vale, no es exactamente la misma cosa… Además llevo exactamente la décima parte del peso que llevaba mi hermano, y tengo la posición de todos los chiringuitos marcados en mi mapa, cosa que no podía hacer mi hermano, porque no hay chiringuitos en el desierto.
Y salgo. Empiezo. Hay un viento huracanado que no ayuda las cosas. Como veis de la foto, cruzar el parking es fácil, cruzar el pueblito de las chabolitas también, y luego bajo a la playa y ya todo lo fácil se acabó (de hecho esos son los últimos pasos fáciles que voy a dar en los tres días que dura esta etapa del viaje). No me pude imaginar lo duro que iba a ser caminar por la playa. Duro pero bonito, eso sí, muy, muy bonito.
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Se ve Quarteira a lo lejos…
Al principio caminas en los surcos que ha dejado un tractor, pero duran muy poco. Caminas al lado del mar, donde la arena está más firme, pero aún así se te hunden los pies (y eso cuando no viene una ola traicionera queriendo llevarte de excursión con ella). La arena es abrasiva y sentirla entre los dedos de los pies es maravilloso durante los diez primeros minutos y no tanto las otras tres horas y media que dura la caminata. Casi desde el principio empiezan a dolerme las piernas, sobre todo la pierna derecha, que francamente no está por la labor.
Mis pasos en la arena. No, no tengo los pies puestos al revés, es que me di la vuelta para hacer la foto pero sin parar de caminar, en estos viajes aprendes a hacerlo todo sin dejar de caminar…
Pero soy muy feliz. La playa es preciosa. Hace un día tan maravilloso y me siento tan feliz. No me cruzo con nadie en una hora, y luego me cruzo con uno, con dos, “bom dia”, “bom dia” (cuando sales de la civilización entras en la franja del bom dia, o sea que te saludas con cada persona con la que te cruzas), y si me cruzo con alguien eso sólo puede significar una cosa: que la civilización está cerca ya, es como cuando Noé ve la paloma con la rama de olivo en el pico, ¡ya no estoy en medio de la nada!
Y efectivamente dentro de un rato largo aparecen las primeras tumbonas, y luego, aunque retirada y lejos de la playa, la primera urbanización, de enormes chalets y con un chiringuito de madera noble para ricos. Allí no me tomo el sumol.
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Me tomo el sumol en otro chiringuito, un poco más allá, un chiringo estupendo, con clientes muy finos y camareras muy simpáticas y te dan el sumol con una pajita protegida con un plástico especial y con una rodaja de naranja natural, fino finísimo Quinta do Lago...
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Después del sumol el andar se hace algo más fácil, por el sumol o por la calidad de la arena, no lo sé, y con la excepción de un trozo donde la playa está invadida por máquinas excavadoras y donde en algunos pasos (y nunca sabes cuáles) te hundes en la arena casi hasta la rodilla (cosa que da un poco de pánico), ya estoy en plena civilización, y después de la segunda tanda de máquinas excavadoras que me obligan a dar un rodeo por toda la urbanización de Vale de Lobo por fin salgo a un claro en el bosque de chalets y allí está, Quarteira, Quarteira al alcance de la mano, y sigo y llego y entro y me pierdo (es que no sé leer un mapa) y encuentro el hotel y el hotel es estupendo,
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con vistas sobre la playa y todo (la playa está justo detrás de mi cabeza en la foto, es que tengo la puntería fatal) y voy a comer y todo es guapura y simpatía en el restaurante y me tomo varias cervezas y escribo y escribo y me enredo en simpáticas conversaciones y estoy viendo doble ya y tengo las piernas como dos bloques de madera y consigo subir al hotel otra vez y duermo la siesta y soy feliz.
Por cierto, tuve la suerte de tener el viento huracanado a favor, empujándome en mi empeño. Menos mal, porque si lo hubiera tenido en contra creo que no lo habría conseguido.
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(Bueno, eso fue el primer día. Me quedan dos por contar todavía. Mañana más…)