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lunes, 20 de junio de 2011

 
TRAVESÍA SUPERCONJUNTADA DE PORTUGAL, OCTAVA PARTE

Superconjuntada XIII lo cuento como fue. No es como pensáis que va a ser (el principio, quizás). No es como yo pensé que iba a ser. No. Fue… diferente.





Pasé la primera noche en una estupendísima casa-hotel en el centro de Vila Nova de Milfontes, A Casa do Adro da Igreja. Por la mañana, una prodigalidad de frutas frescas y zumos naturales y todo tipo de cosas en el desayuno, y la señora Ana, que insistía en que me llevara un ‘picnic’ para el camino. No puedo llevar nada que pese, le digo, me llevaré una fruta, la que menos pese, y la señora Ana se va y cuando voy a salir me pone en las manos una gran fiambrera llena de ciruelas, albaricoques, uvas, fresas y cachitos de naranja especialmente envueltos en papel albal. Ay madre, el gesto es simpatiquísimo y me encanta. Pero pesa cerca de medio kilo… No puedo tirarlo, no puedo comerlo todo en seguida porque ya estoy rebosando de fruta del desayuno, no cabe ni un cachito de fruta más.

¿Dónde llevo tanta fruta? Cargando al hombro con el resto de las cosas no puedo, ¿en la cabeza por ejemplo?




Pues en la cabeza, sí...





Y emprendo los 20 kilómetros hasta Porto Côvo metiéndome una sobredosis de vitamina C cada vez que siento el más mínimo hueco en el estómago, cargando con las frutas de todas las formas imaginables y obsesionada con cómo me puedo deshacer de ellas de una forma sana y respetuosa con el medio ambiente y sin que me entren ganas de ir al cuarto de baño.

Pues nada, emprendo el camino. Carreteras y caminos, caminos y carreteras,



bosques y broza, frondas y follaje,



…hasta que me arrimo a una casa abandonada buscando un poco de sombra para sacarme las piedrecitas de los zapatos, descanso unos momentos, voy a bajar otra vez por los escalones y en ese mismo momento pasa un ciclista y me lo quedo mirándo una fracción de segundo y piso mal y bumba, me caigo por los escalones de la casa (no tengo fotos) y me tuerzo el pie.

Me vuelvo a torcer el pie. Igual que la última vez, igual que en Almograve. Qué coraje. No me lo puedo creer. Me he vuelto a torcer el pie. Pero mira, en Almograve no fue grave, y esta vez la torcedura es bastante menos, casi nada, vamos, qué le vamos a hacer, estoy a mitad de mi camino y tengo que llegar a Porto Côvo… me da coraje, me da mucho coraje, pero echo a andar.

Ponle unos 10 kilómetros.

Doler, no me duele. No mucho. Un poco, quizás.

Llego aparentemente sana y salva a Porto Côvo, y me siento llena de energía.







Bajo por la calle principal de Porto Côvo, que está todo abarrotado de gente comiendo gambas, hay ambiente de agosto ya en junio, y paro a comer en el último bar antes de llegar a la playa, como no me gusta ninguno de los otros.

Y es allí donde me siento y pido algo de comer y me quedo parada por fin. Y de repente el dolor en el pie me golpea como un camión. Un camión que ha descargado 500 kilos de ladrillos sobre mi pie derecho. Me duele muchísimo. Tanto que me parece que me voy a desmayar.


.




Un cliente del bar se fija en que hay alguien pasando un mal rato en la mesa de enfrente y llama a los del bar, que se interesan por mí un poco obligados y avergonzados, sin saber qué hacer. Me traen una bolsa de hielo. A estas alturas quiero ir a urgencias, pero me dicen “hoy es domingo, está todo cerrado”. ¿Y una farmacia donde pueda comprar una venda? “Está todo cerrado, es domingo”.

El dolor es horroroso, si hasta dejo mi cerveza a medio beber y todo. Y sé que aquí se acabó la caminata. Ya no llego a Sines, ya no llego a Santo André. Ya no llego a Lisboa en agosto. Ya es mucho si llego al hotel. Un taxi. Y luego ¿qué? ¿El hotel? No me puedo ni mover. Tengo que volver a Sevilla.

Después de ¿una hora? ¿tres cuartos? se me pasa el dolor y aparece la señora del bar con una venda, ¡qué bien! Me venda el pie y ya estamos hablando. Me dan el número de teléfono de un taxista. Aquí a esta calle no pueden entrar los taxis, es todo peatonal, tengo que bajar casi a la playa para llegar a un sitio donde pueda entrar un taxi, así que aprovecho y bajo a la playa directamente. Me voy a sentar un ratito en la playa al menos… me da coraje tener que pasar el resto del día tumbada en el hotel. Puedo tumbarme en la playa.







Saltar a la pata coja es difícil, bueno, es fácil al principio, luego difícil. Pero saltar a la pata coja con una carga de 3,7 kilos al hombro es muy difícil, no me había dado cuenta. Pero pegándome a las casas y echándole paciencia a la cosa consigo llegar a la playa.





Y allí estoy dos horas. Dentro de lo que cabe, bien. Es que me daba demasiada rabia venir hasta aquí y no ver la playa. Haciendo planes, planes B. Lo más evidente es que tengo que volver el día siguiente a Sevilla, porque si sigo por aquí, o sea que si voy a Sines en el autobús para no perder mi noche de hotel y mi día de playa, voy a estar como una alma en pena… y muy incómoda.







En el hotel la recepcionista es genial, me ayuda con todo, llega al extremo de robar cosas de la sala de desayunos para que no me quede sin cenar, me encanta. Y el hotel está muy bien, me instalo sobre la cama y puedo descansar por fin, antes de emprender el viaje para casa a la pata coja la mañana siguiente. Que consiste en: taxi a Vila Nova de Milfontes, autobús a Portimão, autobús de Portimão a Sevilla, de la estación de autobuses a la parada con la muleta de un señor que pasaba (no, no le atraqué para robarle la muleta, me la prestó y luego me siguió, dándome instrucciones sobre como usarla), luego el C1 a casa y luego a la pata coja por la Calle Niebla hasta mi casa, donde me derrumbé. Pensándolo ahora no sé cómo lo he hecho, pero lo he hecho. Llevo una semana sin mover el pie y puedo decir que ya está bien. He ido al médico, ya está curado, de todas formas fue un esguince muy leve, no es nada que me vaya a impedir seguir caminando cuando haya descansado un poco. He aplazado la siguiente etapa hasta mediados de julio, cuando seguiré desde donde lo dejé en Porto Côvo. He hecho algunos pequeños ajustes y veo que puedo llegar a Lisboa en agosto como estaba previsto, unos días más tarde pero en realidad no cambia nada. Desde que me vine casi no he hecho otra cosa que trabajar, y eso es positivo, hay mucho trabajo, no me aburro y significa dinero. No he perdido nada en realidad, sólo la sensación de que era invencible. Que también me viene muy bien, ¿para qué vamos a negarlo?





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