SC 7 (1): Odeceixe - Zambujeira
TRAVESÍA SUPERCONJUNTADA YA NO DEL ALGARVE SINO DE PORTUGAL, SÉPTIMA PARTE (I)
… Así que salgo de casa a las 6.50 de la mañana para acudir a mi cita con la Travesía Superconjuntada, y estamos en Sevilla y es Feria…
Normalmente me encuentro con toda la borrachería de la ciudad a esa hora, pero esta mañana es diferente… ¡están todos en la Feria todavía!, y las calles están bastante más tranquilas, jajaja….
Y nada, dos autobuses y dos trenes más tarde llego a Odeceixe, el encantador pueblito que me gustó tanto cuando acabé la última etapa en él. Y la Casa de Hóspedes Celeste me encanta, y la pequeña señora Celeste me encanta, y a la mañana siguiente me estoy tomando mi cafelito con ella cuando de repente todo se ve interrumpido por un grandísimo chaparrón de agua que no sé muy bien qué pinta en mi travesía. Y ¿ahora qué hago? “Y ¿los zapatos?” me dice Celeste (viendo que son de tela) y yo como la optimista que soy le digo, “tengo otros”, lo que no le digo es que los otros son sandalias. En realidad tengo un plan para la lluvia: dos cachos de plástico de la bolsa de las verduras del Más y Más que pienso meter dentro de los zapatos, y que intuyo que van a ser completamente inútiles. Pero a esto la situación se arregla y al final salgo a caminar bajo un sol resplandeciente, las nubes van a menos y todo va bien.
A lo mejor no me veis en esta fotografía de la salida de Odeceixe pero allí estoy, en la esquina inferior izquierda, sí, esa pequeña sombra cruzando el puente.
Contenta, eufórica y saludando a todos los vecinos cruzo la frontera del Algarve y ¡ya estoy en el Alentejo!
Un perro grande, lanudo y muy leal (“o Senhor Cão”) me acompañó un buen trecho de mi camino, no busco compañía pero me gustó la suya. Después de algo así como un kilómetro y medio se dio la vuelta y volvió a casa, probablemente porque… sabía que iba a llover.
Y llovió.
Vaya si llovió.
Una superconjuntada no puede llevar impermeables de colores fluorescentes ni aberraciones de esas que sacas del bolsillo y te hacen parecer un preservativo humano, no: ¡yo llevo un paraguas con lunares rosas! Está un poco desvencijado pero pesa muy poco y trae un poco de alegría a los días de nubes negras y trombas de agua. Que fue una experiencia nueva para mí: nunca me había llovido en la travesía. Un pequeño problema que no había previsto era que si me quería meter los cutreplásticos en los cutrezapatos necesitaba las dos manos y primero tenía que soltar el paraguas, y no podía soltar el paraguas porque estaba lloviendo… y en campo abierto, sin paradas de autobús ni bares y tabernas donde refugiarme, de esos que siempre abundan cuando no los necesitas… así que adiós plásticos, o al menos hasta que escampó, cuando ya pude echarles mano y ¡sorpresa!
¡Funcionaron a la perfección! Tenía la sensación de tener los pies secos y calentitos, sobre todo porque al irse la nube de la discordia salió y sol y pegaba fuerte, hacía un calor tremendo y se me secó todo. Así que mi primera y única experiencia con la lluvia ha sido bastante positiva.
Seguí con mi paseo por el mundo rural, casi consiguiendo no perderme, aunque al final ese trozo de camino tan rebuscado que os expliqué el otro día - forjar caminos entre la broza y los matorrales al filo de los acantilados, o algo así - no lo pude hacer porque al entrar en territorio invernadero y llegar a un caminito muy dudoso que obviamente era propiedad privada y preguntar a dos hombres que estaban trajinando con un tractor justo por donde yo quería pasar (inadvertida, je) (pues no), me dijeron que ese camino no iba a ninguna parte, sólo a la “Praia da Amália” y me mandaron a dar la vuelta por la carretera. Hmmm, yo estoy segura de que sí tiene salida pero claro, no podía ignorarles y abrir brecha a través de las propiedades de su jefe, así que les hice caso, qué remedio… E hice bien porque el nuevo camino tenía algo que el otro no tenía: ¡un bar para tomarme un Sumol! Los dos jornaleros que hablaban tan estupendamente portugués y se camuflaban tan totalmente en el ambiente rural resultaron ser un búlgaro y un ucraniano… y eran muy simpáticos así que fue un encuentro muy gracioso, todo en medio de la nada…
La combinación del buen aire del campo, la cercanía del destino, lo bonito que es todo, la sensación de libertad y la música por los cascos hace que te entren ganas de bailar… ¡¡¡¡y bailas!!!! Genial cuando no hay nadie en un radio de dos o tres kilómetros, en medio del casco urbano lo hago algo menos, jeje….
Pronto tengo Zambujeira a la vista, qué nueva y reluciente está, pero también trae otra cosa nueva y reluciente que no es nada positiva: los malditos gofres. Voy a explicar qué son los malditos gofres porque a lo mejor no os suenan: son una especie de pavimentado que han puesto, lleno de enormes agujeros (se supone que la Madre Naturaleza los irá llenando de arena, pero a ver cuándo va a ser eso) y que parece que su principal función es hacer que todo Dios se tuerza el tobillo. O sea si no vas fijándote a cada paso dónde exactamente estás poniendo el pie, te lo puede engullir un boquete, y eso fue lo que me pasó: me torcí el pie. Así que cojeando y con un buen cabreo llegué al pueblo, sabiendo que no era un esguince, que me dolía pero que no iría a más, que no era nada (eterna optimista yo) pero que iba a tener que descansar el pie toda la tarde y andar lo menos posible porque sé que si andas sobre un pie torcido las cosas pueden terminar mú malamente, eso lo sé de experiencia…
En tres minutos ya me encontré en el pueblo y como no veía ninguna manifestación de vecinos por un suelo digno a la que pudiera sumarme me busqué una actividad alternativa que consistió en, cómo no,
tomarme unas buenas cervezas en un restaurante con vistas y luego bajar cojeando a la playa,
donde me quedé más frita que una patata y estuve muy a gusto (desde la cabeza hasta los tobillos, se entiende), antes de subir al pueblo de nuevo y a mi alojamiento en el “Rosa dos Ventos”…