SC 5 (1): Lagos - Salema
TRAVESÍA SUPERCONJUNTADA DEL ALGARVE, QUINTA PARTE (I).
La aventura sigue. La habíamos dejado en Lagos… y en Lagos seguimos. Día de cielo azul y tranquilidad absoluta, y salgo a primera hora de la mañana, destino Praia da Luz, Burgau y Salema. Tres inofensivos tramos de 5 kilómetros cada uno. Con un poco de variedad para hacer que el día sea más interesante: el primer tramo es un caminito que va bordeando el acantilado, el segundo es una pequeña carretera y el tercero es mezcla de carretera, acantilado y playa. Qué sencillo parece sobre el papel…
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Pues nada, a por ello… salgo llena de energía en dirección a los acantilados para coger el caminito que lleva a Praia da Luz. Me lo había imaginado como lo más sencillo del mundo, pero no había caído en una cosa: que para caminar por un acantilado, primero tienes que subir a un acantilado. Y en términos urbanos el acantilado es como un bloque de doce pisos (sin ascensor, claro). Pues nada, allá vamos. Primera prueba superada, y aquí estoy en lo alto del acantilado con mis 5 kilómetros de caminito por delante, qué bonito. Y cómo pega el sol, ya a las 9 de la mañana…
Pero el caminito es maravilloso, ¿verdad? Pues nada, a caminar, que para eso está el camino…
Uy, ¡qué pisadas más grandes! Creo que antes que yo ha pasado por aquí un dinosaurio.
Para que veáis que yo también hago la caminata y no sólo mi sombra, aquí estoy con la ciudad de Lagos (y sus hippies) al fondo.
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Subiendo y bajando, lidiando con el calor porque no hay ni una pizca de sombra, avanzo y avanzo. Los únicos seres con los que me encuentro (quitando al dinosaurio, claro, y las moscas, que no cuentan) son un enorme conejo gris que se me cruza por delante, un tío bueno haciendo footing (para descansar con él a la sombra de algún árbol, pero es que no había ni sombra ni árboles así que nada, “bom dia” y ya está), y una pareja mayor en chándal.
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Después de una hora, llego al final del caminito. Y me encuentro con una cuesta casi en vertical para bajar al pueblo, una especie de tobogán lleno de piedras. Miro y remiro, ¿no habrá otro sitio por donde bajar? Este camino lo descubrí en una guía turística, que manda a la gente a subir por aquí y seguir el bonito camino a Lagos… “a Lagos”, claro. No “desde Lagos”. O sea que la guía te manda a hacer este camino, pero siempre al revés, de Luz a Lagos. No de Lagos a Luz, y no intentando bajar por aquí. ¿Por qué siempre lo hago todo al revés? Con el vestidito que yo llevo es totalmente impracticable, pero nada, hago de culo corazón y bajo por la talud sobre el trasero, agarrándome a los arbustos. Y pensando una cosa: que el tío bueno haya subido por aquí, vale, pero ¿cómo diablos ha subido la pareja mayor?
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Pues ea, lo he conseguido, e estou na Praia da Luz, con todos sus turistas y sus puestos de hamburguesas y helados y sombreros horteras para protegerte de este calor de muerte. Pero contra todas mis expectativas, Praia da Luz me gusta, me encanta, tiene justamente eso – luz – y mucha alegría y mucho color.
Me tomo un Sumol en un bar y sigo hacia Burgau.
Otros cinco kilómetros. Fácil y agradable. Y dentro de otra hora ya estoy en Burgau, por donde paso como un rayo.
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El tercer tramo, de Burgau a Salema, desgraciadamente es otra cosa… Al principio bien, carretera y más carretera, y hay un fuerte abandonado la mar de bonito, aunque los acantilados son altísimos y no puedo tomar un atajo aquí bajando a la playa y luego subiendo por un camino, que era el Plan A que tenía, así que paso al Plan B (carretera y más carretera).
Y resulta que hay un pequeño problema con la carretera y más carretera, porque es como una montaña rusa, que no es lo más oportuno cuando llevas toda la mañana andando y ya estás cansada y hace un calor de justicia y te estás quedando sin agua, pero bueno, sólo veo una posibilidad: tó palante. He elegido el camino más largo porque por lo menos es seguro: hay otro posible camino más corto bajando a otra playa al pie de los acantilados y luego subiendo más directamente pero no me atrevo: ¿y si no puedo bajar? ¿y si luego no puedo subir? Ya tengo experiencia en estas cosas. Además escaneándolo todo desde arriba a vista de pájaro (sediento), no hay ningún sitio donde me puedan vender una botella de agua. Si fuera así, bajaría, pero tal y como está, no me atrevo. Carretera y más carretera. Será más largo pero al menos sé por dónde voy.
Aunque hay una cosa en mi campo de visión que no me gusta nada: esa cuesta que veis a la izquierda de la fotografía. La tengo que subir…
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Pero bueno, acabo de bajar por la que veis a la izquierda de esta fotografía… es todo una montaña rusa… Con veinte grados de pendiente y treinta y algo de calor, subo la diabólica cuesta encorvada con la bolsa sobre la espalda y mirando fijamente una raya blanca en el suelo, entre chorreones de sudor. Si levanto los ojos para ver mis progresos me mareo así que tengo que dejar de hacerlo. No puedo descansar más de unos segundos seguidos porque no hay sombra y si me quedo parada me quedaría frita, o más bien cocida, cocinada, y no llegaría, así que sigo de esa forma tan penosa hasta finalmente llegar arriba del todo, donde me desplomo debajo del primer árbol que encuentro
y me da igual que los conductores me vean las bragas (y el papel que tengo en la nariz para no quemármela...). Me tomo el penúltimo trago de agua que me queda (no el último, porque psicológicamente sería muy malo quedarme sin agua), y ya en terreno llano – que es otra cosa totalmente – cubro el kilómetro y pico que me queda hasta el pueblo, donde lo primero que hago es meterme en un bar a beber lo que sea, y luego en mi hotel, justo en la playa…
Por la tarde descubro que es infinitamente preferible estar sentada en la playa de Salema rodeada de periódicos y botellas de agua que debajo del único árbol que hay en la carretera, sin agua y después de subir esa terrible cuesta.
Estoy ya a unos 25 kilómetros de mi destino final. Continuará…