Cuando hay que trabajar en un sitio (y ha sido mi caso, ayer) (hoy no, menos mal) donde están de obras en el local de al lado, el pesimista se fija en los golpes, y el optimista se fija en los espacios entre golpe y golpe.
El pesimista para en los semáforos en verde porque sabe que se van a poner en rojo de todas formas.
El pesimista se queja porque hace frío en la nevera. El optimista acerca las manos a la bombillita, y sonríe.
El optimista nunca es tan optimista que cuando tiene un pesimista al lado.